9/8/15

Reflexiones: prestar un libro

 Prestar un libro: ese sacrificio que todos intentamos evitar

¿Qué puede aterrar a un lector más que perder un libro? ¿Más aún que que se doblen las páginas? Quizás algo que aúna ambos riesgos y produce en nosotros un miedo irracional: prestarlo.

 ¿Habéis prestado un libro alguna vez? En ese caso conoceréis el proceso: esos pequeñines que abandonan el nido jamás vuelven, y si lo hacen presentan serias heridas de batalla. En el peor de los casos cae en el olvido. Por ello, prestar un libro no es algo fácil, creedme, hablo desde la experiencia. Hoy trataré este tema tan serio desde un tono alegre  y distendido, no exento de humor en representación de la cruda realidad.

Esta imagen de Epic Reads ilustra a la perfección toda mi reflexión

 En esta ocasión no me atrevería a clasificar el miedo a dejar que un libro se emancipe como un trastorno. Es más, ni siquiera daré consejos para superarlo, pues no tiene cura. La única forma de no padecerlo es no prestar libros, que para eso existen las bibliotecas…

 Comenzaré describiendo el proceso, comenzando desde la génesis de una acción tan sacrificada como dejar que una persona ajena a ti ponga sus zarpas sobre tus libros. Todo comienza cuando un amigo te pregunta: “Oye ¿me prestarías ese libro?”. En ese momento todo tu cuerpo se tensa y adoptas una posición defensiva. Una parte de ti te susurra; “No lo hagas…”, y la otra… también, sin embargo el angelito de tu hombro no comparte esa opinión y decide seguir el camino de la generosidad. 


 Dejar uno de tus pequeños en posesión de otra persona es una decisión difícil, y ojo, no puedes prestárselo a cualquiera. Es más, si una persona te presta un libro, sabrás que te será fiel para toda la vida, siempre que se lo devuelvas, claro, sino no habrá rincón en la faz de la tierra donde puedas esconderte… Así pues, no solo no todas las personas son dignas de confianza, sino que tampoco todos los libros tienen permitido salir de casa. Si los colocáramos en una lista y aplicáramos nuestro criterio de selección, muy pocos sobrevivirían a la criba. Primero se ha de excluir a los ejemplares irreemplazables: ediciones especiales, ediciones agotadas, libros descatalogados, libros firmados, libro caros, libros delicados, tus libros favoritos… Sinceramente, un libro tiene que ser muy malo para que lo prestes sin reparos. Si alguien me respondiera a la pregunta de la discordia “Sí, por supuesto, llévatelo y tómate el tiempo que necesites” yo desconfiaría. Prestar un libro, es como defecar; cuando el contenido es bueno, cuesta...


  Más duro incluso que entregar el libro a su poseedor temporal es la agónica espera hasta que cae de nuevo en tus manos. Sabes que si estuviera en tu estantería no le volverías a prestar atención, tienes demasiados vástagos como para centrarte demasiado en uno solo, pero cuando no está no te sientes seguro, y cuentas los días como quien espera navidad (si es que el afortunado tiene tanta suerte como para poder disponer de él varios días, claro).

 Hay quien se hace el tonto, e intenta estirar el periodo de lectura hasta que te olvides de que lo has prestado y de ese modo quedárselo para siempre. Luego un buen día observas ese hueco en tu estantería y sientes que te falta algo, que tu vida está incompleta. Peores aún son las personas que, aun sabiendo que tienen en su posesión uno de tus bienes más preciados, cuando preguntas por el libro seis meses después te responden “ah sí, es que aún no lo he leído…”. En ese momento has de contenerte para no propinarle un golpe a ese estúpido muggle en toda su snitch, y comienzas a tramar todo tipo de conspiraciones para recuperar el libro tan pronto como sea, antes de que tú también lo olvides… creedme, en casos de necesidad, la imaginación humana no tiene límites.


 Finalmente, eones después de la separación, se produce el reencuentro (o eso dicen as leyendas), ese momento en que no sabes si tu preciado libro viene de la casa de tu amigo o de la guerra. Sabiendo como regresan algunos libros, resulta difícil creer que las bibliotecas públicas sigan en funcionamiento. El maltrato al libro debería ser delito: tres meses de cárcel por cada página doblada y siete por cada página rota. Las manchas de café añaden año y medio a la adición, y las cubiertas despegadas o páginas descosidas otros dos. Y más te vale que no falte ninguna página, entonces ya no hay quien te libre de Azkaban…

 En momentos como este te das cuenta entre la diferencia entre como cuidas tú los libros y cómo lo hacen los demás. Mientras tú les das amor y cariño, el común de los mortales trata nuestros sagrados recipientes de sabiduría como si fueran de usar y tirar. Doblan las páginas, las cubiertas y solapas, e incluso comen mientras lo leen, impregnando de grasa sus delicadas y perfectas páginas… y luego no huelen igual, pierden ese característico “olor a librería” que solo nosotros sabemos apreciar, y no hay excusa que justifique un comportamiento tan nefasto. “Si es que yo cuido mis libros muy bien, pero tuve un accidente…” o, el que yo más odio: “es que las cosas están para usarlas”. Efectivamente, las cosas están para usarlas, NO PARA TIRARLAS POR UN TOBOGÁN DE PAPEL DE LIJA.

Como tratan los libros los demás...

 Y hablando de excusas, no podemos olvidar aquellas que surgen cuando decidimos cortar el problema de raíz, antes de que nazca, y escogemos la vía rápida y saludable; que nuestros libros se queden en casita y no vean la luz del sol. Es duro decirle a alguien que no le vas a prestar un libro; “no eres tú, soy yo”, “es que… soy un poco maniático ¿sabes?”, “no es mío, es de mi hermana, y ya sabes cómo se pone”, “no es que no confíe en ti, es que antes se lo prestaría a Lord Voldemort para que lo usara de nariz”… A veces, cuando se es lector, hay que aprender a ser un poquito egoísta. Se llama instinto de supervivencia, ¿sabéis?

 Lo peor de todo es que a nosotros, a los lectores apasionados por nuestro trabajo, eso no nos pasa; nosotros nunca devolvemos un libro en mal estado. Es más, nosotros nunca devolvemos un libro en mal estado porque nunca pedimos un libro prestado. Pedirle libros prestados a esa clase de gente no es sano, se pasa mal, tú y el libro, que da tanta pena que está pidiendo a gritos que acabes con su sufrimiento de una vez por todas arrojándolo a la hoguera. Por eso nuestro hogar siempre está lleno de provisiones, de pilas y pilas de libros por leer, porque en el momento en que tengamos que depender de los demás… que dios nos pille confesados.


 Con la llegada del libro electrónico la costumbre está cambiando. Ahora prestar un libro ya no solo es peligroso, sino que además es ilegal. “Cuando adquieres una obra en formato digital no se considera de tu posesión, sino que es más bien un alquiler permanente…”, es pocas palabras, jamás deberíamos haber abandonado el papel.

"Quinto mandamiento del lector: jamás prestarás un libro..."

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