28/6/17

Diario de escritor #3: documentación y primeras palabras

 ¡Coge pluma y papel porque empieza Diario de escritor! Un viaje documentado a través de la escritura de mi #ProyectoAdrastea en el que quizás encuentres algo que te ayude para tus propias creaciones o simplemente disfrutes conociendo mi experiencia tratando de completar de principio a fin la que sería mi primera novela larga antes de que acabe el año.

 De nuevo con retraso llega la tercera entrada del diario, en la que os cuento cómo comenzó mi proceso de documentación y cómo, por fin, puse la primera palabra sobre el papel.
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 Querido diario, ha pasado mucho tiempo. Me emociona saber que esta será la última ocasión en la que te hable del pasado, y que a partir de la próxima entrada hablaremos del progreso del #ProyectoAdrastea en tiempo presente. He decidido descartar mi no muy avanzado progreso y recomenzar la escritura ahora que mi mundo ha cobrado una forma más definida, y este será el verano en que saque el proyecto adelante. A partir de la próxima actualización te contaré las dificultades que me encuentro mes a mes avanzando en mi manuscrito, pero también todo lo que habré aprendido en ese tiempo. ¡Pero no nos adelantemos a los acontecimientos! El pasado aún guarda secretos que contar...

Hora de documentarse:
 Mentiría si dijera que después de volverme loco con el worldbuilding -en el que tanto insistía en la última entrada- me puse a trabajar en la historia. Lo cierto es que, tras el empujón inicial, se quedó parada unos cuantos meses, si es que alguna vez volvió a despegar de nuevo. Sí, me daba miedo enfrentarme a la página en blanco, y mientras me ponía excusas para empezar a escribir continuaba regando mi mundo. Este, claro está, no ha parado nunca de crecer.

 Así que una de las primeras cosas que hice cuando me decidí a trabajar en serio fue documentarme. El tema central de la novela es eminentemente fantástico, pero quería dotar de cierta base científica al funcionamiento que ideaba para mi nuevo mundo. Según que tema se trate, documentarse es para muchos la parte más dolorosa del proceso. Para mí no lo fue, pero mentiría si dijera que no supuso esfuerzo.

 Mi proceso de documentación pasó por llevarme unos cuantos libros de la biblioteca y comenzar a bucear entre la porquería para encontrar algo útil. Cuando se investiga sobre los aspectos del cerebro humano que a mí me interesaban (y hasta ahí puedo leer) es mucho más complicado encontrar información con fundamento médico que explicaciones más bien dudosas y más propias del horóscopo del periódico que de una enciclopedia seria.

 A pesar de todo, me encontré inmerso con sumo interés en libros de medicina -cosa que no volveré a decir en alto- y redactando apuntes que tienen poco que envidiar a los que hago para el instituto (y son mucho más interesantes). De todos modos, la documentación nunca se termina, y esta parte del proceso tan solo se correspondía con los aspectos más básicos de mi historia. Cuanto más crece esa más documentación precisa, y hay días en los que si la policía echara un vistazo a mi historial de navegación seguramente acabaría detenido (¡juro que todo lo que he buscado sobre armas medievales era documentación para una novela!).

La ficha del #ProyectoAdrastea en el NaNoWriMo

Y el temido momento llegó:
 En noviembre de 2016 decidí que no podía retrasar más lo inevitable, que el temor a la página en blanco solo acabaría por destruir una idea que tenía que salir adelante costara lo que costase. Ya tenía a mis espaldas mucho trabajo hecho; hojas de apuntes con mi documentación, fichas de personajes, descripciones de la trama y de mi mundo, bocetos de utensilios clave en mi historia... todo ello, eso sí, en un estado no muy cómodo para trabajar. Lo primero que hice antes de ponerme a escribir fue elaborar un documento donde transcribí todas mis notas y al que fui añadiendo información durante todo el proceso. Lo llamé Archivos del Proyecto Adrastea, y contiene información muy detallada de todos y cada uno de los aspectos de mi historia. Es casi como una enciclopedia de mi universo, y en este punto tiene una extensión mayor que el propio borrador de la novela.

 Con la ilusión de quien tiene una historia que contar decidí sumarme a la iniciativa del NaNoWriMo  (National Novel Writing Month) para darle el empujón definitivo al proyecto. Este reto consiste en escribir una novela de 50.000 palabras (o, en mi caso, las primeras 50.000 palabras de mi novela) en solo un mes, el mes de noviembre. Creando una cuenta en la web del NaNoWriMo es posible seguir tu progreso diario y comprobar tu ritmo de escritura mientras recibes consejos motivacionales de autores experimentados y participas en sprints con tus amigos. 

 Para personas con un ritmo de escritura tan lento como el mío, este es un ejercicio muy sano para acallar a nuestro "editor interior", y es que mi primer borrador incluye normalmente una, dos o tres correcciones. Como comprenderéis, poner una palabra detrás de otra supone una gran dificultad cuando lo único en lo que piensas es en que nada es suficientemente bueno, y lo único que consigues es impedir que tu historia fluya. Por eso en el NaNoWriMo prima la cantidad sobre la calidad, y lo más probable es que lo que escribas durante ese tiempo no sea nada bueno, pero contenga muchísimas ideas que aprovechar y mucho material que pulir a posteriori para obtener el resultado deseado.

 Al principio me uní a la iniciativa con gran entusiasmo. Creé una imagen conceptual para ilustrar el proyecto (que trata de reflejar esa dualidad presente en muchas de mis historias de las que hablaba en anteriores entradas) y comencé a escribir con energía. Avanzaba lento pero seguro, revisando mi texto constantemente. Ahora que lo leo con distancia, incluso me siento satisfecho con el resultado, pero entonces no veía nada más que los fallos. Poco a poco comencé a quedarme por detrás de la meta diaria, y en seguida se hizo patente que un estudiante de primero de bachillerato con tanto estrés como el que yo acumulaba y tantas inseguridades a la hora de escribir como albergaba no podía escribir 50.000 palabras en un mes como noviembre. Al final lo abandoné a las 10.000 palabras, y muchas de ellas fueron en realidad textos de los Archivos del Proyecto Adrastea, que obviamente eran mucho más sencillos de sacar adelante al ser simples expresiones de ideas sin filtro.



 Y, durante mucho tiempo, ahí quedó la cosa. Ese episodio de inspiración acabó en una grave crisis, uno de esos momentos en los que te planteas que quizás no eres capaz de contar lo que quieres. Sin embargo, el mundo de mi cabeza nunca murió, y de vez en cuando seguían surgiendo ideas que acababan en mis archivos. Traté de darme una segunda oportunidad en el Camp Nanowrimo de abril, una versión light del Nanowrimo que se celebra en abril y julio y en el que es el creador el que ajusta su meta con mucha más flexibilidad. En esa ocasión el contador quedó a cero, y no llegué a retomar la escritura. De nuevo, abril no era un buen mes para escribir, y me veía incapaz de manejar mi estrés estudiantil y mi creatividad al mismo tiempo.

 Así que me di un respiro. Decidí dejar reposar las ideas y comenzar de nuevo al terminar el curso, con tiempo, un año después del momento en que todo se puso en marcha. Me replanteé muchas cosas, decidí desechar lo que había escrito y comenzar de cero (puesto que los cambios de la trama afectaban especialmente a ese fragmento) y me sumé a la segunda edición del Camp Nanowrimo que tendrá lugar en julio. Mi meta serán 70 páginas y actualmente estoy trabajando en la escaleta de mi historia para no dejar un cabo suelto y tener siempre una meta hacia la que avanzar. No estaré solo en el Camp Nanowrimo y espero que eso sea suficiente para que, esta vez sí, el #ProyectoAdrastea vea la luz que se merece. El mes que viene sabrás si lo he conseguido.

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